Esta esperanza yo no la he buscado. Roberto Bolaño

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Psicomaquia (Parte Primera)


I. DE CÓMO LAS VIRTUDES DE UNA NIÑA DE TRES AÑOS PROVOCAN QUE SE SUBA A UNA MESA CIRCULAR EN LA COCINA DE SU CASA. Y DE CÓMO REPARA EN LOS VICIOS DE LA VOZ QUE SE DIRIGE A ELLA.

Verás niña
el amor de España, el ayuno yermo para acariciar la siembra
y arrancar la tecnocracia entre belleza y apetito.

Pregúntate por qué estás sola
y pregunta entonces por qué estás arriba,
en lo alto y como centro de esta mesa del ayuno
de madera vieja,
suponiendo el lastre del tablero.

¿Quién te ha dejado subir, niña?
Dime qué español ha sido.

Por qué te han dejado ahí, tú tan tonta con tres años,
y has creído, como dicen, en tu voluntad alpina,
tu alzamiento de florero mientras nadie come nada,
nadie come, -¿es que no hay nadie?-;
esta casa; y ya. Tu infancia

es un gasto innecesario
para esos hombres nuestros.

Cree en mí, entrégate
porque te han dejado sola.
¿Dónde están tus padres? Dime
cómo mantener la espera.

Ya tan sabia. En las paredes,
-¡con tres años ya tan sabia!-
fíjate en los azulejos

y en el amor que te señalo.
Pero mira a un hombre antes
que va a ser un hombre siempre,

mira a un hombre, que soy yo,
aunque sea tan de España,
este hombre que te habla, mi naturaleza muerta,
y que va extender sus brazos y a elevarte y darte luz.

Lo primero que te dice: mírame y ayuna.
Este hombre ya te avisa
desde el otro extremo:

verás, niña,
¿quién te manda estar arriba? Centro estéril,

voy
a educarte en el peligro.

Cibercultivo para revivir un blog


(Ayer este poema tenía un aspecto muy diferente. El mismo que llevaba meses teniendo. Tras una noche de poco dormir y una mañana pegado a la pantalla, creo que he dado con el poema definitivo. Lo que buscaba. No se me asusten.)


LA TIERRA

Antes del abandono
quise

enclaustrarme del espanto
en la hacienda.

Allí donde las raíces se condenaban contra el muro,

él me advertía:

las mismas atrocidades en beneficio del amor
cometen los hombres tras la tapia.

Ahorraba en la labranza
y teorizaba de rodillas, engendraba

–dijo: como hice con vosotros-:

dime que no crees, dime,
que miras el riego y nada esperas.

A la altura de un manzano
las manos de mi padre,
por serviles siempre, resultaban fangosas:
custodiaba penitente

-lo he aprendido de Jesús-

su esperanza en mí, surcos yermos de hortalizas.
Tan serviles eran, que en su bondad me exigían,

y aún me exigen
hoy
la creencia en este patio:

padre, digo

y le pido que no se vuelva,

pero es que no he venido 
para hablar de Europa.

Ahora planta,
poda, riega también:
siempre quiso que yo formase parte.

Así que una vez he vuelto
-y evaluado nuestro espacio-


que él me quiere y yo,
sin embargo.


No puedo confiarme a la tierra.

Vertebrarse o rendirse

Necesidad o afección

-Todas las civilizaciones -contestó Michel con tristeza- han tenido que afrontar la necesidad de justificar el sacrificio de los padres. Teniendo en cuenta las circunstancias históricas, no tenías elección.
Michel Houellebecq

Acepto

PART A.




PART B.

La elección no es nunca amplia y nunca libre.

Elizabeth Bishop


PART C.

Borradores vocales



Como imagen, no sé por qué, aparece el poemario en Faber & Faber de Annie Katchinska. Es una señal. Es alegría pura. Un día os contaré por qué.

El universo adolescente del esperma femenino

Hace cuatro años publiqué un libro de poemas, del que me arrepiento enormemente (a nivel vital, sobre todo). Hace cuatro años estos días fueron días de alegría. Después vino todo lo de después. Me ha hecho gracia (disculpen) colgar esto:


Tragándome la rabia que se ha vuelto de barro,
llorando tierra mojada en los charcos de mi ombligo
podría generar la vida si no me la hubiesen arrancado,
si acaso no estuviera programado para vivirla.
Tragándome hasta el estiércol de todas las plantas,
postrándome ante ti como la Puerta del Carmen,
sólida y débil, con cuatro focos que la vulneran,
capaz de soportar la guerra, pero no una noche de sábado.
Como el David desnudo que te muestra sus atributos
con la rigidez perturbadora de cualquier Regenta,
me trago ante ti los charcos de las calles e incluso
absorbo las colillas para dejar bien limpia Zeta:

de puro residuo tóxico enveneno mi interior.

Tragando barro, llorando muertes,
y mientras tú la catapulta que vomita su mirada:
ni a lo lejos, ni a mi izquierda, hoy me tienes en tu pie derecho.
Y podrán secarme el agua, robarme el cuerpo,
incluso intentar deconstruirme y unirme a la carretera,
porque al fin me inclino con cada gota que me cae
y al cabo ya dejaste a demasiados sin chaqueta.

Destrozar la doxología para enseñarla

Al poco de empezar, aviso:

Recuerden, sobre todo, que había luz.

Más adelante, aun limitado en espacio, vuelvo a repetir:
El joven, desbrozado de sí, desecha el tacto,
anula la carne. No cree en el gesto. Piensa: la madre, sin culpa de su cuerpo,
no está aquí. Por mucho abandono, para el que estar haría falta, el niño a sorbos la perdona. No pensaba
su presencia, ni mirándole los dedos; el joven, tampoco: había,
ya lo he dicho antes,
tanta luz.

También el joven ahí se repite, porque antes ya se había creído con la capacidad de pensar:
El niño sorbe
la vergüenza que la abriga,
aprende su recelo ante esa vasta podredumbre
de no tener sino a uno para darse
como si esa boca, emanar la tierra, fuese arraigo
contra un pecho al que no se pertenece.

Al final, lo de siempre:
Cuánto amor, tanto fallo. Demasiada luz.


Se llama Doxología. Entre omisión y desorden, he roto la unidad.
Feliz día del Señor. Y de la señora también.

Álbum de familia (II)

Que sonrías siempre, padre, como el día en que nací.



Amor que en la tristeza nos has precedido.



Ataréis a quien suceda los hilos que no os anuden.



Dime: ¿dónde? Presencia es construcción.

Álbum de familia (I)



¿Dónde, entonces, quiso mi padre volver?


Más allá de uno. Vivirse para el resto. La familia en sí.


El amor antes de nosotros. El mundo que no es mundo, porque no lo hemos conocido así.


El hambre. Los hijos.


Antes de bailar. Antes de la pista. Antes del corazón.


En relación a. Autojustificarse I

Émile Durkeim fue el primero en llamar la atención sobre el hecho de que las representaciones colectivas engloban los modos con los que un grupo se piensa en relación con los objetos que le afectan. Las representaciones colectivas son generadas socialmente; expresan problemas sociales; mantienen una correspondencia estructural con la organización social; su expresión deviene relativamente autónoma y se combina y se transforma según sus propias leyes. Las proposiciones del fundador de la escuela sociológica francesa son particularmente esclarecedoras cuando se las aplica al campo familiar.
Martine Segalen. Antropología histórica de la familia

He aquí la razón por la que estoy trabajando así en El hambre y los hijos. Por qué para mí retratar y trabajar con el microcosmos (la familia) supone hablar de la macroestructura social. Y he aquí por qué sólo me interesa hacerlo desde la anécdota y el instante: es en el análisis de la circunstancia concreta donde subyacen y emergen todos los matices, todas las relaciones y la dificultad del funcionamiento.
He aquí por qué pienso tantas veces: ¿y si tanto trabajo, tanto pensar, hace que se me vaya de las manos la poesía (aquí, por ejemplo)?

Esta es mi voz

Levántate y anda

Hace unos años escribí una pequeña historia (fallidamente poética, de una construcción narrativa horripilante). Se titulaba Asesino o tanatología refleja del amor y narraba el intento de suicidio de un joven (y sus razones) al enterarse de que su exnovio, que le jodió la vida, pero al que creía querer aún, había tenido un hijo. Por suerte, aquella historia creía haberla perdido. Digo por suerte porque no me parecía entonces tan desastrosa como me parece hoy. Sin embargo dejo un trozo, sin volver a revisar, para que veáis, si queréis hacerlo, lo profuso que soy y lo que tengo que corregirme siempre.


No sienten el calor y la sangre corriendo como yo los sentí cuando sorbí a D. su dedo astillado y torrentoso de sangre roja, púrpura según la luz, negra sin necesidad de que sombra alguna reafirmase que el sol esa tarde caía a nuestra espalda y removía el mar como si fuese vino, sangre que manchaba mis labios y después su boca y así su miembro y mi pecho y la ropa y el coche, hasta infinito envenenando todo. No sienten con esos guantes, dice, mi vida roja a cataratas, ni me sienten, como un río, desembocarme en cayucos de leucocitos (los menos) y transatlánticos de eritrocitos (flotas enteras) desparramados por sus guantes. ¿Cómo van a hacerlo ahora que me encuentro ante mis progenitores, delante justo de mis padres muertos, y les beso los pies y los lavo con mi saliva, y deseo pedirles perdón por mí, aunque aquí no exista el lenguaje, perdón por mi vida, esa yo que fui suyo, luego nuestro y nunca mío, y perdón por todo el odio que nos demostramos ambos? Estoy dentro de mí, dice, menos yo que nunca. Les lamo los dedos en señal de haber estado equivocado y miro hacia arriba y me abstengo de gritar ¡bendita sea si se trata de la muerte! y observo sus ojos y sus caras, para leer que ellos aún no me quieren ahí, sus ojos sobre todas las cosas, inquiriendo, como ondas que en un río doma una piedra, en el río de mi sangre que fuera de mí no detienen, sus ojos diciendo, los ojos de mis padres, dentro, como me decían en otro tiempo sus dedos sobre mi flequillo, respira, tranquilo, no temas nada más. Y vuelvo entonces, por sus voces, a este ruido que me circunda, que no sé cómo sentir si la anestesia ahoga hasta las puntas calcinadas de mis nervios, y los cirujanos o médicos o asistentes o enfermeras se miran, temblorosos, aunque no note ni vea, ni sepa realmente si son ellos quienes hablan. ¿Cómo escucho si duermo? ¿Cómo me acerco a la muerte? ¿Qué estado clínico es esta conciencia, llegados a este punto? Hablan y dirigen mis palabras, dice, pero no sienten, tampoco ellos notan que mi vida, la muerte ahora mismo, es líquida entre sus dedos y por eso pienso, ahora lo descubro, que pasamos el tiempo revueltos entre dedos ajenos, recogidos, arañados, enredados, manipulados y por tanto muertos. Esos dedos nos asesinan. Sí los míos, sí los vuestros. Los míos, hace unas horas, capaces de recoger en mi boca el agua y las pastillas. Me han ayudado a tragar. Pero ahora mis manos no importan, sino esos dedos ajenos que nos matan, ajenas manos, que nos escurren los huesos y con cariño los despedazan. ¿Dónde estará D.? ¿Cuándo acabaré con esto? Estoy aquí, habitándome en arrepentimiento, escuchando como fuera, en el espacio que ya no soy yo, intentan salvarme la vida. Voces, voces. Se aceleran. Muerte. ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Para qué? La sangre les mancha, mancha ya sus cuerpos ( la sangre que es jugo de granada; pepitas opacas, huecas, como nuestros huesos; la sangre que era el jugo, que fue el vino que rebasaba la playa aquel verano, mientras era su sangre la que anegaba mi boca y el sol caía), la sangre, mi sangre, ¡esta vez soy yo!, que mancha la idea de haber bebido nitrosodimetilamina, si lo era acaso, para qué. Los dedos de otros me trajeron aquí. ¿D. dónde? ¿Dónde? Y caigo. ¿Acaso el cuerpo?


Ya veis, en la vida siempre me importa lo mismo, solo una cosa: cómo nos deshacemos o nos dejamos arrastrar de la construcción cultural a la que hemos autodenominado "amor".

Soy un pedante. Soy un pesado.

Capítulo uno. O no.

(Estoy escribiendo una novela que no sé si acabaré algún día. Que no sé si leerá alguien algún día. Este es un trozo del primer borrador. Y a trabajar.)

Pensó mamá está muerta y abrió la puerta del coche, cerró con fuerza y su padre lo tomó como un gesto de enfado. Fue al maletero, sacó las bolsas con un par de juegos de cama limpios, después las de la carne y las verduras, dejando todas en el suelo de tierra, y por último se colgó al hombro una bolsa de deporte en la que había metido la ropa de papá, Daniel y la suya, antes de cerrar. Esta vez el gesto fue más delicado, y miró a su padre y le dijo no cojas nada, y fue Daniel quien agarró las bolsas con las que Pablo no podía, subiendo la calle que recordaba embarrada las tardes de llovizna, como aquella, y no de ese cemento que ahora imitaba al asfalto.
Papa, ¿llevas las llaves ahí?
Sí, pero igual ya están tus hermanos.
Bueno, sácalas por si acaso, que no han dicho ninguno a qué hora iban a llegar.
Así que José, al que Pablo entre amigos solía llamar el padre bueno, se rebuscó en los bolsillos. Le pasaba a menudo que por mucho que palpase no encontraba, así que, en el breve tramo hasta la puerta, se revisó un par de veces cada bolsillo antes de encontrarlas.
¿Abres?, le dijo su hijo.
Voy. E introdujo y giró la llave a la vez que el pomo.
Entonces, la sensación, que sólo les sorprendió a la nariz (ni la oscuridad, ni el frío, ni siquiera el mal regusto de la vuelta), resultó extraña. De dentro, como cuando venían los seis de vacaciones o los fines de semana, sorprendía el olor a pimiento friéndose en la cocina (como cuando la hermana mayor del padre todavía vivía) y se mezclaba con un tufo a cerrado y humedad que nunca había estado allí. Olía como la casa de los abuelos cuando pasaban a dar una vuelta, comprobando los plomos, todo en su sitio, y que no había fugas de agua, pero, a su vez, como si alguien (quizá la madre, quizá el padre o alguno de los hermanos) hubiese decidido poner en marcha la cocina y sorprenderlos con algún sofrito. Aquello delataba algo claro, pensó, sus hermanos, alguno de ellos por lo menos, ya estaba allí.
Mientras se interrogó llamándolos (Julián, Rodrigo, Nerea) y siguió a su padre (casi parecía que Daniel los escoltaba) por el recibidor, el pasillo y el comedor después, hasta la puerta de la cocina, pensó que también ellos se parecían a mamá, cerrando la puerta, dejando la oportunidad mínima a que (con buena o mala voluntad) se inmiscuyan los vecinos en los asuntos de uno, que a nadie le importaban. Como él metiendo prisa a su padre para que sacase las llaves; astillas todos del mismo palo.
No le gustó reconocerse así.
¿Nerea? Y sí, era ella. Dejó el cuchillo sobre la tabla, sonriendo se les acercó con las manos pringosas, limpiándose las pepitas de tomate en el trapo que llevaba en la cintura, y besó y abrazó a su padre, y después a Pablo y luego a Daniel. Los besaba y abrazaba mientras no dejaba de hablar, muy alto, con esa voz de pito que parecía casi que chillaba, y decía lo que se alegraba de verlos y que se sentasen a descansar, que les sacaba algo de beber, que qué querían y que a qué hora habían salido. Hablaba sin dejar respiro a réplica, hasta que preguntó Daniel:
¿Y Marquitos?

Gracias

Catacresis

Estoy ausente de Blogger. No sé con qué actualizar. Llevo mucho tiempo, y cada vez de forma más intensa y obsesiva, escribiendo un poema (nada del otro mundo) que se titula Catacresis. Me está costando como nunca antes me había costado otro. Cuando escribí los poemas que se titulan El avión y Casi feliz, pasé por situaciones parecidas. Pero no es esto de esta vez. Siento que cada vez quiero contar menos cosas y me cuesta más hacerlo. Y cada vez me digo con más frecuencia que quizá esté pidiéndome algo para lo que no tengo el talento ni la capacidad suficiente, por mucho trabajo y sesudez que le ponga.
Dejo la primera estrofa (y un verso de la segunda), que es prácticamente (nunca diré con seguridad estas cosas) definitiva.

"CATACRESIS

Fue por ser la madre que, en gobierno de las costillas, hacía el reparto del cordero
-antes a los hijos; siempre a ellos las mejores-: era
como cada siete días; sí, ella era; y fuimos nosotros la partitocracia
en casa, el día del Señor.

Fue mi padre, como ella, delegado (por su sernos) a los restos de la carne"


Me siento tan inseguro. Escribir exactamente lo que quiero a veces me resulta muy difícil. ¿Hago bien forzándome? Decidme, ¿así sí?

Belga un domingo en Madrid

1.MAESTROS.


Chantal Maillard en Bélgica.



2. APRENDICES.

THEY DON’T BELIEVE

Rebanaba hebras de su cuerpo y la borraja,
cocía hilos nerviosos
y los servía para comer.
Entonces, cuando vahos de menta y polvo
humeaban las esquinas de la infancia
y empezaba a despertarnos,
sacudía una ternura genética en mí
-sacudía el sueño, las puntas del flequillo-
y nos vestía porque ya
el cierzo a hernias y este serme yo sin seros.
Era el olor a radiadores en noviembre
o la intemperie que a fin de mes,
o el arte sacro de fingir
que nunca pasaría nada.
Pero pasó, cambió de estado la identidad
como el agua que nos cocía.
Y dejamos de creernos:
mis padres tuvieron un hijo
que nunca fui yo
pero se me parecía.



3. MÚSICA Y VOZ


El hábito relativo

A. El feminismo contemporáneo aboga por el análisis de la estructura económina en la que se desarrolla la mujer, esto es, la limitación de la libertad relacional de la mujer a nivel social como consecuencia de su papel-eje en el funcionamiento de su microestructura: la familia. Se le llama economía feminista. Amaia Pérez Orozco habla muy bien de todas estas cosas. Recomiendo, sobre todo, este artículo, que aproxima y situa e invita a querer saber y pensar más.
Hablo de esto porque la figura de la mujer, la madre concretamente, como respuesta a la creación del yo, es uno de los elementos que más me están importando a la hora de escribir un conjunto de poemas.

(INCISO 1. Ya (me) expliqué el otro día la intención de mi discurso. Y la forma. Y el por qué. Y me perdonarán que escriba esto porque son apuntes personales que, quizá inteligentemente, no debieran ver la luz, porque a fin de cuentas si un poema no explica la teoría desde la que se escribe por sí mismo (aunque la inexactitud de la interpretación del mensaje lo vaya a desvirtuar siempre), quiere decir que la intención ha fracasado. Es, por tanto, primordial que el resultado produzca una interpretación-reacción lo más cercana a la intencionalidad original. Esto es: que el proceso comunicativo sea lo más exitoso posible.)

(INCISO 2, A RAÍZ DEL INCISO 1. ¿Escribes para ser leído? Diría que no, que escribo para explicarme el mundo. Pero, a su vez, el esfuerzo por dejarlo escrito supone una intención de encontrar a alguien a quien resulte un punto común mi forma de ver ese mundo, o de crear un punto intermedio para el encuentro. Por tanto, hago uso de las herramientas que carecen de la propiedad de establecer lugares comunes (el lenguaje) e intento. Así, si intento explicar el mundo en relación al resto, para situarme, pero a su vez para situar al resto con respecto a mí y descubrir mi forma de serles, escribo para el resto. Y, por tanto, explicarme el mundo acaba siendo explicarlo a los demás y escribir para ser leído.)

Así que puedo decir que lo que me importa es la repercusión en el yo que supone aceptar una estructura en la que crece y se desarrolla y en la que, a su vez, este crecimiento y desarrollo se produce en relación preposición-alguien (la madre) que se ve reprimida por sus relaciones con el entorno al que es. ¿Cómo nos surgimos de una relación basada en la represión-limitación del desarrollo de la otra parte? ¿Es positiva?.


B. Es fácil acertar al regalarme un libro de poemas. Son los que desengranan estas microestructuras los que siempre me gustan. Vibro, entre otros, con Ararat de Luoise Glück, El padre de Sharon Olds o, a nivel nacional, Tara de Elena Medel. Son libros que analizan la identidad de un sujeto en un microcosmos determinado y marcado por un acontecimiento que lo zarandea, permitiendo descomponerlo, analizarlo y poner a prueba su funcionamiento. Consiguen resumir el funcionamiento social a través de la microestructura (los vertebran la familia, que es el núcleo principal generador de identidades, se tenga o se carezca de ella) y a través de la reacción a lo imprevisto, a lo diferente, a lo cósmico que irrumpe abruptamente.
Al fin y al cabo, me gustan los libros que analizan la identidad de una forma u otra. Y quiero, necesito explicarme lo mismo que explican los libros con que vibro: la identidad en un contexto, que termina siendo una recolección relativa de hábitos culturales. Pero sin la imprevisión que la golpea.

Trabajo del 1 al 6

1. Cada vez me lleva mucho más tiempo escribir. Cada vez pienso más y más una idea antes de empezar a trabajar en el papel o la pantalla y, después, tardo más en estructurarla en el poema y equilibrar un borrador. Cada vez tengo menos impulso. Cada vez busco la emoción -porque esa capacidad de ingenuidad sigue pareciéndome necesidad para seguir viviendo- en el discurso cotidiano, con todo lo que conlleva (nada tiene que ver, por otra parte, con el discurso "de la experiencia").

2. Tengo muy claro el concepto del lenguaje sobre el que trabajo. También la (in)utilidad de la comunicación. Escribí para la revista del Centro de Poesía José Hierro, hace un par de meses, una reseña de Las fronteras del lenguaje de Uljana Wolf. Me sirvió de excusa para aclarar según qué ideas sobre el lugar no-común de la lengua. Y quizá le atribuí (aunque es cierto que las creo también en ella) algunas:

Vladimir García Morales nos ofrece en Fronteras del lenguaje (La bella Varsovia, 2011) una cuidada selección y traducción que recorre los dos libros y algunos poemas inéditos de la poeta alemana Uljana Wolf, en los que la vida se rinde al funcionamiento de la palabra.
Entre los poemas que atañen a Kochaine he comprado el pan, su primer libro, destaca Mi catastro, una composición matemática y serial que reformula el lenguaje desde la limitación de los recursos y el vocabulario en uso, optimizando las posibilidades de cada uno y alcanzando nuevas formas de expresión.
El idioma, también en Falsos amigos, resulta un lugar no común incluso para sus hablantes, puesto que los engaña y desdice. La lengua no sirve de herramienta o espacio donde encontrarse y es en la relación del sujeto con los demás (figuras como el padre, la hija o la tía) donde el yo surge y, por tanto, son la producción e interpretación de los mensajes el motivo de la evolución y el crecimiento. A su vez, entrevemos que sólo un idioma puede sostener el verdadero significado del discurso (razón de los subtítulos en el conjunto Subsisters), aunque esté sujeto en sus hablantes a la posterior interpretación. Así, producción e interpretación, ambos hechos subjetivos, constituyen la naturaleza de las relaciones humanas (Traducir) provocando el conflicto, vital y discursivo. En esto, crucial resulta el poema que titula el primer libro: “aún sin un modelo / sin respuesta correcta // solo el habituarse a”. El idioma es hábito, construcción cultural y costumbre, por lo que su reformulación deriva de lo cotidiano.
Cierran el libro varios poemas inéditos, que sustituyen la anécdota cotidiana por el entorno natural, pronosticando un futuro poético brillante que comienza a indagar en la naturaleza y limitaciones fragmentarias del recuerdo y el pensamiento.

3. Cada vez me duele más pensar si nuestro yo sería algo sin (preposiciones) el resto. Digo "(preposiciones) el resto" porque esa es la estructura, la fórmula en que nos somos. Es decir: yo soy a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, excepto, hacia, hasta, mediante, para, por, salvo, según, sin, so, sobre, tras el resto. La única que no tengo clara es "yo excepto el resto". Ser sin el resto implica que el resto sí que sea, pero yo prescinda. Pero la excepción no la tengo tan clara. Pensaré, no obstante, y quizá llegue (como en algún momento lo he hecho) a una conclusión muy parecida.

4. Pensando todo esto, y muchas otras cosas más que ahora no vienen al caso, he armado la primera estructura-borrador de lo que terminará siendo un libro (el cual no tiene título). (Los títulos de los poemas que aparecen a)son poemas acabados b)son poemas sobre los que tengo una seguridad importante.)
NOSOTROS ANTES DE NOSOTROS MISMOS
1. Preposición EL PADRE
El avión
Disgregación
Febrero
2. Preposición LA MADRE
Catacrésis


NOSOTROS PREPOSICIÓN NOSOTROS MISMOS
Partitocracia
1. Preposición EL HERMANO
2. Preposición LA HERMANA

NOSOTROS DESPUÉS DE NOSOTROS MISMOS
Pedagogía correctiva
La ventana

5. Quiero que los poemas, aunque crea en la inexistencia de una comunicación real, que se ajuste siempre a los propósitos verdaderos y exactos del emisor, intenten comunicar (de ahí la anécdota cotidiana). Si ya ni siquiera intento comunicar, la escritura (un acto de comunicación más) no tendría sentido para mí.
Quiero que mi padre, que no tiene estudios, entienda al menos una imagen. O la gratitud que siento en muchos momentos. Es con eso, a fin de cuentas, con lo que me conformo.

6. Me gusta compartir, escribir sobre lo que trabajo. Supongo que tiene que ver mi gusto por descubrir las trayectorias y motivos de evolución en la escritura de mis preferidos. No me importa enseñar borradores, que sé corregibles, pero que empiezan a tomar forma. Siempre aprendo de los demás.
Aunque estos post (los de los poemas-borradores o los que reflexionen sobre estos temas) desaparezcan antes o después de aquí, me gusta compartirlos. Quizá alguien (y yo esté equivocado) entienda exactamente lo que me preocupa y aprendamos.

Pedagogía correctiva

Soy un padre ejemplar; así
me demuestran mis hijos.

Yo les soy tanto
como me hacen serle al resto. Es ese
nuestro amor: enculturar la convivencia

y surgirnos

de identidades relativas. Y cómo resulto
es
la verdad más importante.

Siempre cómo en los demás.

Se diría (y es verdad) que cumplo mis funciones,

que (por ejemplo) tras la cena,
(¡después de haberse aseado solos!)
cuando el parte nos salvaguarda, en la omisión,
de nosotros -de creernos ente

(como la lengua)

para el encuentro-, mis hijos ejemplares repasan
su doctrina con mi ayuda:

Dios, ¿por qué me hiciste así,

por qué
(-shh)? -Ser para.
¿Por qué puedo y merecería

-herencia perspectiva-
preguntar

si no creo?

Human Nature

Mi foto
Soy Alberto y soy muy humano, yo quiero a todo el mundo. Como Nati.